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Espino Blanco, turismo responsable y conservación

En el interior del bosque, los altos árboles acogen a decenas de aves que vuelan tranquilas, en busca de alimento y hogar. La armonía de los pájaros cantores y el refrescante zumbido del viento que se cuela entre las ramas llena de paz a los turistas que recorren los senderos.

Aquí no hay ruidos de motores, ni autos chillando llantas en la carretera, mucho menos gente presurosa tratando de llegar temprano a su trabajo. El tiempo se detiene en medio de los espigados troncos, entre las plantas coloridas que luchan por su bocanada de sol. Los únicos que van a prisa son dos mapaches, que atraviesan el sendero y se pierden entre la arboleda. Quizá van en busca de agua de ese riachuelo que se escucha cercano.

En un árbol de guarumo, un perezoso reposa plácidamente, sin sospechar de los visitantes que disfrutan verlo descansar. Es un lujo estar ahí y observarlo, al igual que es fascinante detenerse a mirar con calma una hilera de hormigas trabajando, un gusano moviéndose afanoso sobre una ancha hoja o un hongo solitario que crece en la humedad del bosque.

Al norte de Turrialba, el cantón más extenso de la provincia de Cartago, en Costa Rica, está la Reserva Biológica Privada Espino Blanco, precisamente en el poblado de Verbena, en el distrito de Santa Rosa. A tan solo 8 kilómetros del centro de la ciudad turrialbeña se conserva este paraíso verde que la mayoría de los pobladores locales mira desde lejos como un simple manchón de árboles, sin sospechar lo que dentro se pueden encontrar. Mientras hay quienes han volado miles de kilómetros y hasta atravesado el océano para tener la experiencia de estar ahí, donde late la montaña.

Su nombre viene de un hermoso y enorme árbol, cuya especie se denomina “Espino Blanco”, y que en la actualidad se encuentra en peligro de extinción, debido a la práctica maderera que en un pasado arrasó con gran parte de las montañas, hasta que surgió la visión de conservar lo natural y apostarle a un turismo que valora las especies de flora y fauna en su hábitat original.

El imponente Espino Blanco es amo y señor de este bosque, donde crece lejos de la amenaza humana, junto a otras más de quinientas especies forestales que se conservan en esta reserva de 229 mil metros cuadrados, que a la vez es casa segura para gran variedad de fauna, entre las que sobresalen mapachines, armadillos, tepezcuintles, perezosos, monos, pizotes, tolomucos, serpientes, ranas, así como muchas especies de mariposas y pájaros.

La Reserva Espino Blanco está a 1250 metros sobre el nivel del mar, y su conservación toma aún más valor al ser un corredor biológico la que liga a terrenos del Monumento Arqueológico Guayabo, lugar de alta importancia por la historia y cultura precolombina del país.

La magia de los senderos

Más de un 70% de la reserva lo constituye el bosque primario y para recorrerlo hay siete senderos debidamente demarcados. El más extenso se denomina “El Sendero de la vida”, con 1.123 metros, un recorrido lleno de descensos y ascensos que ponen a prueba al visitante, pero que al final se convierten en una experiencia magnífica en contacto con la naturaleza. “El nombre de este sendero es un recordatorio a una realidad; la vida es como una escalera a veces subimos y a veces bajamos, hay muchas vueltas y a menudo nos enredamos en ellas y hasta nos podemos perder. Lo interesante es que el sendero termina donde acaba la subida. Al final en la vida tenemos la esperanza de llegar siempre donde queremos”, explican en la Reserva.

Otro de los senderos es el Sendero del Amor, que por su topografía es más fácil de recorrer. Su nombre obedece a una historia de amor ocurrida en el poblado de Verbena, hace más de 75 años, cuando una joven llamada María Fonseca, con apenas trece años de edad se enamoró de José Joaquín Durán de quince años. Siendo tan menores, sus padres no permitían una relación de noviazgo entre ellos, por lo que un fin de semana desafiaron sus familias y huyeron hacia la montaña donde se ubica actualmente la Reserva. Allí pasaron tres noches y cuatro días, al abrigo de un inmenso árbol, hasta que un vecino los encontró enfermos y deshidratados.

También está el sendero Mirador, que recibe su nombre porque este recorrido conduce a un sitio donde es posible ver gran parte de la ciudad de Turrialba y el distrito de Santa Rosa. El mirador es parada obligatoria para descansar y tomar fuerzas antes de continuar la aventura por el bosque.

El resto de los senderos son El Colibrí, El Mapache, El Tolomuco y Ave del Sol.

Turismo sostenible

La reserva Espino Blanco cuenta con 10 habitaciones tipo boungalows, construidos con madera cultivada, balcón, terraza, hamacas y mesa de comedor. En las habitaciones no hay luz eléctrica, ni televisión, ni radios. El objetivo es que el visitante esté en contacto total con la naturaleza y se desconecte por un instante de lo rutinario.

El lugar cuenta con un restaurante y un anfiteatro, construidos de manera que se mantengan en equilibrio con la naturaleza, y que al estar ahí el visitante se sienta realmente dentro del bosque.

En la entrada la reserva ondea una bandera azul, con cinco estrellas, que certifica que Espino Blanco es una reserva galardonada en la categoría Espacios Naturales Protegidos, gracias a su organización y desarrollo en concordancia con la protección de los recursos naturales.

El Programa Bandera Azul Ecológica, en Costa Rica, es un galardón que premia el esfuerzo y el trabajo voluntario en la búsqueda de la conservación y el desarrollo.

El tipo de turismo que visita este lugar valora el esfuerzo de proyectos responsables que, como Espino Blanco, se convierten en productos de conservación que van de la mano con un desarrollo turístico sostenible, que no solo vela por la conservación natural, sino que a la vez genera fuentes de empleo en la comunidad.

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